Consentimiento en la danza Contact
En enero de 2026 tuve la oportunidad de facilitar en Nueva York un taller sobre consentimiento y consenso en la práctica de Contact Improvisation, en el marco del encuentro Boundaries & Boundless – A Contact Improv Workshop, coordinado por Gabrielle Revlock, profesional de coreografía, danza, y Contact Restaurativo. Durante varios días combinamos práctica corporal, diálogo y experimentación para explorar la relación entre límites y libertad en la improvisación.
El Contact Improvisation es una práctica somática basada en la escucha corporal, el peso compartido y la improvisación. En ese encuentro entre cuerpos aparecen preguntas que van mucho más allá del movimiento: cómo formulamos una propuesta, cómo leemos el cuerpo de la otra persona o cómo respondemos cuando algo nos incomoda.
Cuando hablamos de “consentimiento”, más allá del marco jurídico y/o contractual (en el que no entraremos en esta ocasión), nos podemos referir al proceso en el que se realiza una propuesta y ésta se acepta o se rechaza. Ambos caminos adoptan distintas formas: de esta manera un rechazo puede pasar por una comunicación verbal, por una transformación de la situación, por escurrirse, o incluso por marcharse; la aceptación tampoco es absoluta e incorpora infinidad de matices. Cuando el consentimiento “se hace carne”, percibimos que tiene una connotación de permitir, consentir, ceder ante una propuesta o una iniciativa, y consecuentemente se generan roles de persona activa y pasiva.
Por su parte, el “consenso” va más allá y es un horizonte ideal hacia el que caminar, puesto que se trata de un diálogo totalmente horizontal al que podemos llegar entre cuerpos danzando y escuchándose verdaderamente. Habitar ese consenso es generar y sostener un equilibrio frágil porque no se trata de algo estático o fijo, sino que muta, se transforma y nos transforma, al mismo tiempo que sorprende y crea.
En contextos que percibimos como seguros, se puede desarrollar ese derecho a explorar del que se está hablando últimamente en algunos feminismos, que consiste básicamente en que los deseos surgen de la interacción, que no siempre sabemos lo que queremos y a veces descubrimos cosas que no sabíamos que nos gustan. Llevado al Contact Improvisación: si supiéramos por adelantado exactamente cómo va a ser una danza ¿quién querría danzar? Así que buscar eso que no se sabe si nos va a cuadrar, nos expone a la vulnerabilidad que implica necesitar a otra persona para descubrir algo de nosotrxs mismxs.
Y aquí surge otra cuestión clave: las dinámicas de poder no desaparecen cuando nos descalzamos y entramos en una sala de danza. A la práctica llegan nuestras experiencias personales, atravesadas por privilegios, nuestras posiciones sociales. La experiencia en la práctica, el género, la edad, la normatividad corporal, el capacitismo, la orientación sexual o la identidad de género pueden influir en cómo nos movemos, cómo proponemos o cómo nos sentimos capaces de poner límites.
Estas reflexiones conectan profundamente con el trabajo que desarrollamos en la cooperativa Iniciativas de Justicia Transformadora. En distintos contextos —organizaciones, colectivos o comunidades— acompañamos procesos para comprender cómo operan las dinámicas de poder, y qué necesitamos para construir entornos más seguros y responsables colectivamente.
Quizá por eso me interesa tanto seguir explorando estos cruces entre cuerpo, consentimiento y consenso, y justicia transformadora. Porque, de alguna manera, una sala de danza puede convertirse en un pequeño laboratorio donde observar cómo nos relacionamos, cómo se gestionan situaciones incómodas y cómo podemos transformarlas colectivamente.
Y porque aprender a escuchar, a responsabilizarnos de nuestras acciones y a cuidar los espacios compartidos es un trabajo que no termina en la danza. Continúa en muchos otros ámbitos de nuestras vidas.